Alfarandrias contra la tradición

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En los años sesentas del siglo pasado, las calandrias eran precursores de los taxis en la central camionera; en San Francisco y otros paraderos en el centro de la ciudad, además en La Garita, donde hoy es la Plaza de la Bandera.
En el primer camión de la mañana, salíamos de Zacoalco de Torres para traer pitallas y llevarlas no a las Nueve Esquinas, sino al entonces Rizo, posteriormente bautizado como Mercado Constitución, en la confluencia de Jazmín y Catalán, hoy avenida Revolución, por donde pasará dicen el próximo año, la línea 2 del tren, en esa parte subterráneo.
Al llegar a la Central Camionera, estaban ya algunos taxis en modernos Studebaker de los años cincuentas y sesentas, pero estaba la opción de los no tan pudientes y por un peso y cincuenta centavos en calandria nos llevaban al Rizo para vender las pitallas.
Era agradable en esos años, sin tener tantos automotores, trasladarse el corto trayecto entre el ruido de los casos de caballo, la campana equivalente al cláxon y los pavimentos sin baches, pero ahora los del gobierno municipal, con su repelente para las tradiciones, pretenden convertir lo que luego fue atractivo turístico, en adefesios como remedo de las hermosas calandrias, además con horribles anuncios.
No es buena la mariguana fumada, aunque sí tiene utilidades médicas. Las hojitas se pueden mezclar con alcohol y untadas en las articulaciones, sirven de alivio para los dolores reumáticos. Pero fumada… resultan colaboradores de Enrique Alfaro en el ayuntamiento de Guadalajara.
Con la voracidad característica del alcalde de Guadalajara, pretendió acabar con los vendedores del centro de Guadalajara, les vendió carritos que todavía los comerciantes deben; echó a perder todas las calles del centro. No hay una sola con banqueta sana y en plena Pedro Moreno, los baches parecen paisaje lunar.
Enrique Alfaro terminó con la tranquilidad de barrios tradicionales como Analco y San Juan de Dios, donde todavía y desde abril, los uniformados de Salvador Caro tienen sobre la banqueta, estacionadas patrullas motorizadas, y en punto cercano los elementos tienen la vista fija en sus teléfonos móviles.
Además de cambiar la vocación urbana de ciertas zonas, donde proyectan la construcción de torres de oficinas y de vivienda con más de 18 pisos, sin prever el estacionamiento y con la saturación que se dará en esas zonas, los cual hará perder la plusvalía de los propietarios de predios en los lugares aledaños.
Corrieron a los vendedores de tarjetas y artículos navideños en el parque San Francisco; los de las empanadas frente a La Merced; les dieron aire a los fotógrafos de Santa Claus en la plaza Liberación y ahora pretenden acabar y parece que van a lograrlo, con las calandrias, para cambiar la rienda de los caballos por un volante. El negocio es para los empresarios amigos de Enrique Alfaro.
El domingo leía la colaboración de Armando González Escoto, quien es de los pocos que reconocen una de las emblemáticas postales de Guadalajara, quien dice que la calandria es un coche tirado por caballos, en lo cual radica su valor, la permanencia y atractivo. Recuerdo de los tiempos añorados, en una ciudad que antes de Enrique Alfaro, tenía el orgullo de preservar las tradiciones.
Pero llegó Enrique Alfaro con una horda de dizque defensores de los animales, mismos que desde la administración anterior, en el caso de los caballos, son atendidos periódicamente por médicos veterinarios.
Son de alguna de las asociaciones fantasmas, de gente sin rostro y tal vez del otro lado de la calzada, donde los niños no han visto las calandrias, porque a sus hijos no los llevan al centro de Guadalajara, porque salen de un coto residencial, los llevan en auto a su escuela y los regresan a su amurallado fraccionamiento. Eso no les hace conocer y menos querer a su ciudad y sus tradiciones.
Los pirrurris van a los grandes centros comerciales mientras sus desquehaceradas madres en el tiempo que les deja la canasta y su visita al club del exclusivo fraccionamiento, opinan acerca de los caballos y sin conocimiento de causa, acusan a los calandrieros de maltratar a los caballos.
Los argumentos de los fantasmales grupos le sirven de pretexto al presidente municipal de Guadalajara, para tomar el pretexto y apoyar a sus amigos empresarios, inventan la alfarandria y se la encasquetan a los pasivos tapatíos, con perjuicio también para los visitantes, quienes vieron la postal con una bella calandria y les dieron ganas de visitar la capital de Jalisco.
Los “defensores” de los caballos fueron utilizados por los empresarios cuates de Alfaro, para terminar con la tradición, única que se conserva, calandria utilizada primero como transporte utilitario y ahora para recorridos recreativos.
Los adefesios llegaron a Guadalajara con Alberto Cárdenas como gobernador y el ex convicto César Coll Carabias como presidente municipal, cuando un amigo del gobernador de apellido Ceja, originario de Ciudad Guzmán, logró tener la concesión para unos horribles carromatos de motor a diesel, imitación de tranvías y ahora convertidos en botella o barril tequilero.
La contaminación visual en las calles de Guadalajara con los armatostes del amigo de Cárdenas Jiménez, se derivó también a Puerto Vallarta, donde todavía ruedan los horribles tranvías de Ceja.
Los carruajes tirados por caballos existen como una forma de conservar las tradiciones en importantes ciudades del mundo como Londres, Nueva York, Roma, Viena, entre muchas otras, donde no hay ociosos como los utilizados por Alfaro para desaparecer los carros del jardín San Francisco o del Museo Regional de Guadalajara.
Estos dañados de las neuronas comparan a los chihuahueños de sus exclusivos fraccionamientos con el noble jamelgo que tira del carruaje, pero no se trata de mascotas ni animales de circo, porque no hacen gracia o ejecutan suertes, sino animales de tiro que dicho sea de paso, son cuidados, porque los calandrieros saben que son la fuente de abasto para su familia y por ahora no saben los cientos de miles de pesos que les van a cobrar por los nuevos carruajes de tracción motora.
El alcalde, de brillante cuero cabezudo pero escaso de neuronas, escuchó la “brillante” idea de algún empresario que le planteó publicidad en unas nuevas calandrias y para alimentar su ego, los vehículos serían bautizados como alfarandrias. “Usted solamente da el manotazo y se suprime la circulación de las calandrias”.
El camino no es el correcto y tampoco conveniente que el alcalde abuse de la cobardía de los cocheros; los fabricantes de calandrias, los proveedores de materia prima, los veterinarios que cuidan la salud de los equinos. Como se vea, acabarán con importantes fuentes de trabajo. Les comparto el desfile de calandrias de 1954.
Nos leemos mañana.
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Acerca del Autor

Pedro Castillo

Periodista que cuenta con una amplia trayectoria en los medios de comunicación de la zona Occidente de México, desde 1988 ha colaborado en radio y prensa en distintas empresas de comunicación y grupos informativos.